Diferencias y semejanzas entre los periodos clásico y Postclásico en Mesoamérica
Periodo postclásico
· Este periodo sufrió un proceso de fragmentación, guerras endémicas, generalización del sistema de alianzas matrimoniales entre élites, fenómenos de gran trascendencia como la explosión demográfica y el enriquecimiento y diversificación del paisaje cultural a partir de 800/900 d.C.
· Durante esta época también existió el intercambio de bienes e ideas que trascendían cotidianamente las fronteras políticas y étnicas, y que enriquecieron el sustrato cultural compartido.
· Los señoríos eran básicamente autosuficientes, ya que contaban con territorios discontinuos, distribuidos en ecosistemas pertenecientes a distintas actitudes.
· La mayoría de las capitales estaban asentadas en las laderas bajas de valles fértiles.
· La capital era la sede política, religiosa y comercial del señorío.
· Conformaban un sistema jerárquico que se supone más complejo que el del Clásico.
· Las clases sociales se dividieron en cuatro categorías: la del rey (yya) y los principales (dzayya yya) , la de los hombres libres (tay ñuu) , la de los terrazgueros (tay situndayu) y los sirvientes (tay sinoquachi) , y la de los esclavos (dahasaha); la posición en la escala social dependía de la herencia de los padres.
· Se forman redes de alianzas matrimoniales entre numerosos señoritos; la razón política de esta práctica era estrechar los vínculos sociales en sentido vertical.
· Vivían agrupados en siquis, unidades de parentesco que reconocían un antepasado divino común y gozaban de derechos colectivos sobre el suelo que habitaban y tenían obligaciones compartidas hacia su señor.
Periodo clásico
· Transformación en las sociedades prehispánicas
· Organización aldeana igualitaria a la vida urbana estratificada
· Se introdujeron técnicas como el recorrido intensivo de superficie y el estudio de los patrones de asentamiento
· Surgieron grupos con lenguas y patrones culturales distintos.
· Las aldeas eran pequeñas comunidades de entre 25 y 50 personas.
· Se creaban figurillas de cerámica, practicaban intercambio de obsidiana, concha marina y otros materiales locales y alóctonos
· Varios patrones económicos, sociales y culturales establecidos durante la etapa aldeana persistieron
· La unidad domestica estaba basada en la familia nuclear
· Florecimiento de las sociedades estratificadas ”etapa urbana”
· Los centros urbanos se encuentran encima de cerros al igual que en el periodo Postclásico
La distinción entre el Clásico y el Posclásico era sumamente precisa hace apenas un par de décadas. Al concebirse el primero como una época de paz y clímax cultural, y el segundo como de inestabilidad política y guerra, los hombres del Posclásico contrastaban con los del Clásico como las polillas destructoras de colmenas contrastan con las abejas. En este escenario idealizado, los gobernantes de las sociedades clásicas aparecían como sacerdotes entregados a las especulaciones filosóficas, al registro del tiempo y a la observación de los astros; en contrapartida, los líderes posclásicos eran concebidos como valientes guerreros obnubilados por la obligación de entregar a los dioses la sangre de sus enemigos de guerra. Esta visión, creada fundamentalmente por los mayistas, empezó a desvanecerse hace unos cuantos años en beneficio de concepciones que conducen a una imagen más humana de los pueblos del Clásico. Así, el desciframiento de los textos jeroglíficos, los estudios iconográficos y los análisis de la antropología física siguen aportando pruebas sobre el carácter belicoso de las ciudades-estado del Clásico, las prácticas sacrificatorias de sus habitantes y las ambiciones expansionistas de sus gobernantes. Las diferencias entre ambos periodos, aunque se siguen reconociendo, son ahora menos nítidas, sobre todo si se toma en cuenta que la principal característica del Posclásico fue el militarismo. Por si esto fuera poco, la exacerbación del aparato bélico y otros elementos definitorios del Posclásico, como la gran movilidad demográfica, la inestabilidad política, la difusión de elementos culturales y los procesos de expansión hegemónica, tienen sus primeras manifestaciones en el periodo transicional llamado Epiclásico. Hay entre el Clásico y el Posclásico, sin embargo, una diferencia notable en cuanto a la posibilidad de información. Para el estudio del Posclásico no sólo se cuenta con la arqueología y la antropología física, sino con los documentos en español, en lenguas indígenas y, en menor escala, en latín. Esto hace que conozcamos el Posclásico con una precisión muy superior a la que podemos lograr al aproximamos a periodos anteriores.
Dijimos que el colapso de las grandes capitales del Clásico produjo desequilibrios en las relaciones políticas, fragmentación de las redes comerciales y vacíos de poder. Como se ha visto en capítulos anteriores, nuevos centros se encargaron de reestructurar y controlar, al menos regionalmente, las rutas de comercio; pero la fuerte competencia entre ellos desembocó en el incremento del ejercicio de las armas y, con él, en una mayor inestabilidad política. El clima de incertidumbre pudo haber sido uno de los factores originales de la movilización de grandes contingentes humanos, desplazados unos por la guerra, impulsados otros por la búsqueda de territorios más propicios a sus intereses, y otros más guiados por lo que parecen haber sido francas aventuras de conquista. Un factor que debió de tener mucho peso en esta cadena de movilizaciones fue la afluencia de sociedades septentrionales. Armillas suponía que las condiciones ambientales se volvieron completamente negativas para los agricultores del área Norte, generando migraciones multitudinarias hacia regiones más benignas. El problema llegó a ser tan grave, que hacia el año 1000 el septentrión mesoamericano había sido abandonado por los sedentarios, y dejado a los recolectores-cazadores. No es descabellado afirmar que esta retracción de la frontera tuvo enormes repercusiones en las áreas vecinas receptoras, que, sin centros políticos sólidos y sin fuerza para resistir el flujo de las masas de emigrantes norteños, sufrían los efectos de la enorme presión demográfica.
Nuestro presente histórico es como un flujo alimentado por diversas corrientes que, próximas, distantes o remotas, integran y dan cuenta de la compleja realidad que es el México actual. Cada una de las grandes etapas de este devenir, pervive en nosotros; por más lejanas que parezcan, no dejan de proyectarnos su sombra. La primera de dichas etapas, conocida como México antiguo, se define por su aislamiento continental. Tuvo una enorme duración: más de 35 000 años. Se inició con la llegada paulatina de bandas de recolectores-cazadores y concluyó, tras grandes transformaciones sociales, con la ocupación europea. El México antiguo nunca existió como unidad histórica. Sus límites se fijan artificialmente a partir de las fronteras políticas de nuestros días. No obstante, este concepto es útil porque el conjunto de sociedades que vivieron en el territorio que actualmente ocupa México es uno de los antecedentes de nuestro ser. En la antigüedad hubo en dicho territorio tres superáreas culturales. Si bien es cierto que las sociedades que integraban cada una no constituyeron una unidad política, sí formaron dentro de ellas sendos entramados históricos. Las tres superáreas a las cuales nos referimos, comprendían, Aridoamérica al noreste y a la Península de Baja, California; Oasisamérica al noroeste y Mesoamérica a la mitad meridional de México. Debemos advertir que todas rebasaban el territorio mexicano: las dos primeras ocupaban buena parte de los Estados Unidos, mientras que la última se extendía a lo largo de Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. Una superárea cultural supone la existencia de grupos humanos ligados por un conjunto complejo y heterogéneo de relaciones. A lo largo de los milenios, éstas se establecen entre sociedades que viven en áreas contiguas; el resultado son tradiciones e historia compartidas. Fundamentalmente, las relaciones se generan a partir de los intercambios constantes de bienes; de los desplazamientos transitorios o permanentes de grupos dentro de la superárea; de los intereses compartidos entre las élites que gobiernan las diferentes entidades políticas; del dominio de unas sociedades sobre otras; de las acciones bélicas, tanto de alianza como de conflicto, etc. Más que como un conjunto de elementos inmutables en el tiempo y en el espacio, las tradiciones que caracterizan una superárea cultural deben concebirse como una peculiar corriente de concepciones y prácticas en continua evolución multisecular y con notables particularidades regionales. Las sociedades de una misma superárea cultural podían diferir en nivel de desarrollo. Lo importante fue que las relaciones se constituyeron en forma estructural y permanente. En cambio, las meras relaciones comerciales o las simples copias de estilos artísticos entre las tres superáreas no bastaron para integrar a sus pueblos en una misma tradición. Por ejemplo, el intercambio entre Oasisamérica y Mesoamérica, aunque intenso, no uniformó los fundamentos socioculturales de ambas superáreas.
martes, 11 de noviembre de 2008
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